Caracas anaranjada
Sólo una vez sentí que amaba a Caracas. Fue una tarde de domingo cuando bajaba por Colinas de Bello Monte; la ciudad se veía magnífica, la tarde era naranja, el Ávila reinventaba el verde, la brisa era fría y las calles estaban vacías.
Me conmovió profundamente el momento y murmuré que amaba a Caracas. Palabras extrañas para una persona que sólo ama las ciudades que no ha visitado, como quien adora lo que no ha visto o suspira por lo que quizás, existe únicamente en su fantasía.
Nunca más volví a sentir lo mismo. Pero la fotografía me ha dado un alivio; a través de ella he aprendido a a querer a la ciudad vieja, la tranquila Caracas, la Sultana del Ávila, la que con razón fue amada.
Ahora, cada esquina tiene su historia, cada casa que se derrumba tuvo años mejores, cada terreno baldío antes fue una magnífica hacienda. Antes una familia, los Blandin, fue dueña de lo que hoy se conoce como el Country Club, sus peones se asentaron en pequeñas chozas y formaron el barrio Chapellín. Por el puente de Chapellín pasó Delgado Chalbaud escoltado por sus secuestradores y posteriores asesinos.
Caracas es una ciudad llena de historia, la fotografía me enseñó eso. Cuando observo sus imágenes siento que Caracas es como esas tardes anaranjadas, de brisa fría y calles vacías.

En imagen: Puente de Las Mercedes (1941, autor desconocido)
En algún pedazo de tiempo literario, de ese tiempo que no se cuenta con horas y segundos, un escritor argentino llamado Ernesto Sábato decidía que dos de sus criaturas se conocieran. El lugar del encuentro fue el
Un espacio de San Telmo
Ubicado hacia el este de la ciudad alemana de Dusseldorf, el boulevard Königsallee marca el punto de división entre el casi peatonal Pueblo Viejo o Altstadt, parte histórica de la ciudad, y el poderoso y brillante segmento cosmopolita de la ciudad.