
Hace poco hablaba sobre lo difÃcil que era apreciar la belleza cuando ésta se presenta en los empaques no acostumbrados.
La conversación la recuerdo más o menos asÃ:
“En la fotografÃa pierdes mucho si te limitas a la belleza de cartilla, al encuadre polÃticamente correcto. Por ejemplo, mucha gente teme fotografiar la muerte porque no aprecia la belleza de ésta. Y no me refiero sólo a la muerte humana, que es tan bella como el nacimiento pues es la segunda vez que de verdad realizamos un tránsito a algo, sino al indetenible paso del tiempo que oxida, que marca, que agrieta.
No te enseñan que la muerte de las cosas es bella, no está en la lista, no lo encuentras entre los 90-60-90, los muslos firmes, el atardecer sobre el mar, las aves volando, el turista frente a la pirámide del Louvre o señalando con el dedo al Big Ben… no lo ves entre tanta belleza de cartilla. Y entonces, las cosas tienen una doble agonÃa, la de la muerte en sÃ… y la de nuestro olvido.
No te enseñan que la muerte de las cosas es bella, porque primero, no te han enseñado que las cosas tienen vida. Entonces te ves un dÃa, con la “cara bobaâ€, mirando esa ventana desvencijada, apreciando sus no-colores, detallando sus múltiples capas de pintura. Y es allà cuando agradeces que “alguien en el mundo†haya visto esa ventana con otra mirada, y sin medirla con la fórmula matemática de la belleza, antes de que la razón volviera para decirle: “es sólo una ventana viejaâ€â€¦ haya tomado la foto.â€